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Barri, la abejita que cocina. La abejita Barri se sentó en su cama, se frotó los ojos y miró por la ventana. ¡Oh, no! exclamó Barri. ¡Ya salió el sol! ¡Voy a llegar tarde al trabajo! Barri era el dueño de la panadería de la abeja laboriosa. Barri tenía que ir a trabajar antes que la mayoría de los insectos del pueblo se despertaran. La panadería hacía los productos horneados más deliciosos del pueblo. Barri se puso su delantal blanco y su gorro de panadero. Después se apresuró para salir de casa. Cuando Barri llegó a la panadería, sus ayudantes ya estaban trabajando. Dos abejas cernían la harina, mientras otra abeja medía la canela para una horneada de pegajosos bollitos. Otras tres abejas preparaban la pasta para los panqués de moras. ¡Veo que tenemos panecillos de cereza en el horno! Les dijo Barri a sus ayudantes. Lo único que falta por hacer es el pan de pasas y las galletas con chispas de chocolate. Yo los haré. Barri buscó sus lentes en su bolsillo, pero no los encontró. ¡Oh, no! exclamó Barri. Ahora, ¿dónde dejé mis lentes? La panadería pronto abriría. No había tiempo para que Barri buscara sus lentes. Prepararé cosas como todos los días. Tal vez no necesite mis lentes. Barri sacó dos tazas, midió los ingredientes para las galletas con una mano y mezcló la masa para el pan con la otra. Después vació unas pasas en la masa para pan y unas chispas de chocolate en la pasta para galletas. Ya todo estaba listo para meterlo al horno. Al poco rato sonó el timbre del horno y Barri miró el reloj. Es hora de sacar mis panecillos del horno y abrir la panadería de la abeja laboriosa, dijo Barri. Greta y Gus Crillo fueron los primeros en llegar a la panadería. ¡Buenos días! Llegaron justo a tiempo para probar unos panecillos recién horneados. Dándole a Greta una rebanada de pan y a Gus una galleta. Nunca antes había probado el pan con chispas de chocolate. A mí me encantan las galletas con pasas. ¡Oh, no! Invertí los ingredientes, exclamó Barri. No te preocupes, Barri. Estos panecillos están deliciosos. Ahora necesito preparar un pastel de cumpleaños para mi sobrina, Vivi. Barri sacó su libro de cocina. Buscó la receta del pastel favorito de Vivi. Una caja de harina. Barri vació una caja de harina en su recipiente más grande. Dos docenas de huevos. Y partió dos docenas de huevos y los mezcló con la harina. Le agregó el resto de los ingredientes. Vació la pasta en su molde más grande y lo metió al horno. Cuando el timbre sonó, Barri se asomó dentro del horno. ¡Oh, no! Dijo. ¡Este pastel está enorme! ¡Debí haber usado dos huevos y no dos docenas! ¡Y una taza de harina en lugar de una caja! Las abejas adornaron el pastel y lo pusieron en un carrito. Barri llevó rodando el enorme pastel hasta la casa de Vivi. Cuando llegó, Barri dijo. Vivi, lo siento. ¿Por qué? Este es el pastel de cumpleaños más maravilloso que he visto. Dijo Vivi, dándole a su tío un gran abrazo. Los invitados de Vivi empezaron a aplaudir y Barri suspiró con alivio. Después, Vivi le dio a su tío una sorpresa. Encontré tus lentes. Le dijo. Espero que no los hayas necesitado hoy en el trabajo. Todos disfrutaron del cumpleaños de Vivi. Todos los insectos invitados comieron del pastel. Y la abejita que cocina se sintió muy feliz. Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.
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La hormiguita va a la escuela. La hormiguita Andy solía pasar los días con su juguete para jalar, jugando contenta afuera, bajo el cálido sol de verano. Pero conforme los días de verano se hacían más cortos, el sol ya no se sentía tan caliente. El verano terminó, le dijo su madre a Andy. Eso significa que hoy es tu primer día de clases. Andy había escuchado hablar de la escuela. No quería estar encerrado todo el día. La escuela era un lugar nuevo y extraño, pero Andy no estaba listo para ir. Tenía miedo y estaba un poco triste. Entonces se le ocurrió una idea. ¿Me puedo llevar mi juguete? Preguntó Andy. La escuela es para niños, le contestó su madre. No para juguetes. La hormiguita Andy trató de ser valiente. Su madre lo llevó a la escuela ese día. Tal vez la escuela no te parezca tan mal si lo intentas, le dijo. Así que Andy aceptó probar la escuela un día. En la escuela Andy tenía su propio escritorio. El maestro le dio a los niños muchas cosas que hacer. Todos recibieron sus propios cuadernos y plumas, colores y demás utensilios para aprender. Después aprendieron a leer y a escribir. Muy pronto Andy comenzó a pensar en todo tipo de cosas nuevas y emocionantes. Las hormigas trabajan juntas para formar hormigueros, le dijo Andy al maestro. Y creo que las letras trabajan juntas de la misma manera para formar palabras. El maestro le dijo a Andy que tenía razón. También era muy bueno dibujando, pintando y con los números. La hormiguita Andy regresó a casa después de un largo día en la escuela. Aprender cosas nuevas era divertido. Tal vez tenías razón, le dijo la hormiguita Andy a su madre. Después de todo, quizá la escuela no sea tan mala. Andy decidió probar la escuela un día más. La mañana pasó rápido para Andy. Antes de que se diera cuenta, ya era hora del recreo. La cocinera gritó, ¡Galletas y leche! ¡Qué conmoción provocó eso! La hormiguita Andy se apresuró para alcanzar un mordisco de galleta. Después Andy supo por qué era todo ese alboroto. La cocinera hacía las mejores galletas que él hubiera probado. Al final del día, Andy regresó a casa. Tal vez tenías razón, mamá, dijo Andy. Después de todo, quizá la escuela no sea tan mala. Andy pensó que iría a la escuela un día más. En cuanto llegó a la escuela, el maestro les dijo a todos que iban a hacer un viaje al bosque. Andy aprendió mucho sobre nuevas plantas y moras. Algunos niños mayores querían hacer una fogata con su maestro, pero necesitaban la ayuda de Andy. Yo sé cómo conseguir las mejores ramitas, dijo Andy. Le silbó a su amigo el pájaro trinador. El pájaro trinador regresó con las mejores ramitas del bosque. Había suficientes ramitas para hacer una fogata y para que cada quien asara un malvavisco. Todos estaban felices con Andy y con su amigo trinador. Andy regresó a casa con una enorme sonrisa en los labios. Andy no solo tenía su propio escritorio en la escuela, también había cosas como viajes y recreos. Tal vez tenías razón, mamá, dijo la hormiguita Andy. Después de todo, quizá la escuela no sea tan mala. Al día siguiente, Andy quería ir de nuevo a la escuela. No sabía qué esperar ese día en la escuela, pero creía que iba a ser muy divertido. La hormiguita Andy caminó a la escuela y se sentó en su escritorio. Uno de los niños de su clase volteó con Andy y le dijo, Me gustaría que fueras a mi fiesta de cumpleaños. Después de la escuela, Andy corrió a casa. Hasta ese momento, creía que los cumpleaños solo eran una vez al año, cuando celebraba su propio cumpleaños. Ahora Andy había aprendido que podía celebrar su cumpleaños y también los cumpleaños de sus amigos. Creo que tenías razón, mamá, dijo la hormiguita Andy. Después de todo, quizá la escuela no sea nada mala. Andy se divirtió en la fiesta de su amigo de la escuela. Hasta comió dos rebanadas del pastel de cumpleaños. La hormiguita Andy estaba ansiosa por ir a la escuela al día siguiente. Quería aprender a contar hasta números grandes, como cuántos cumpleaños celebraría su grupo. Andy les parecía a todos la hormiga más divertida del grupo. Eres el mejor, Andy, eres el mejor, gritaban los niños. La hormiguita Andy corrió a casa después de otro día divertido.
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¡Caperucita Roja! Había una vez una conejita que siempre llevaba una capa con una capucha de color rojo brillante. Su nombre era Caperucita Roja. Un día, Caperucita Roja y su mamá empacaron una cesta con cosas ricas para comer. La llenaron con comida favorita de la abuela, como zanahorias, miel de azahar, y panes y galletas hechas en casa. «Lleva esta canasta a casa de tu abuelita», dijo la madre de Caperucita Roja. Y después de darle un beso en la frente, su madre mandó a Caperucita Roja al bosque, rumbo a la casa de la abuelita. Caperucita no había caminado mucho cuando un lobo se le acercó. «¿A dónde vas?» «No debo hablar con extraños», contestó Caperucita Roja. El lobo miró la cesta. «¿Vas de día de campo?» «No es para un día de campo. Es una cesta de comida para mi abuelita». «¿Y no le llevas flores? Yo no visitaría a mi abuelita sin llevarle flores». Caperucita Roja pensó que era buena idea recoger flores para su abuelita. Mientras tanto, el lobo tenía tiempo de adelantarse y llegar primero a la casa de la abuelita. La abuelita estaba en su mecedora favorita, remendando su delantal preferido. No escuchó cuando se abrió la puerta. No vio que el lobo enorme y peludo entraba en su casita. El lobo se metió al armario y esperó para asegurarse de que la abuelita estaba sola en casa. Cruñó el lobo cuando salió del armario. «¡Cielos!» Gritó la abuelita saltando de su silla y tirando la mesa. La abuelita salió de la casa corriendo lo más rápido que pudo. El lobo buscó dentro del armario de la abuelita y encontró su gorra de dormir, su camisón y unos anteojos. Se disfrazó de abuelita, se lo puso todo y se acostó en la cama. Caperucita Roja llegó unos minutos más tarde con su cesta llena de comida y además unas flores hermosas que recogió en el bosque. «Abuelita, ¿estás en casa?» «Pasa, hijita», dijo suavemente el lobo. A Caperucita le pareció un poco extraño la manera como habló la abuela. De pronto se le queda viendo y le dice. «Abuelita, ¿qué orejas tan grandes tienes?» «Son para oírte mejor», dijo el astuto lobo. Entonces los anteojos de la abuelita se cayeron de los ojos del lobo. «Abuelita, ¿qué ojos tan grandes tienes?» «Son para verte mejor, querida», dijo el lobo bajando lentamente las cobijas de su cara. «¡Oh, abuelita!», exclamó Caperucita Roja. «¿Qué dientes tan grandes tienes?» «¡Son para comerte mejor!» «¡Tú no eres mi abuelita!», gritó Caperucita Roja. «Cielos, eres el enorme y malvado lobo del bosque. ¿Qué le hiciste a mi abuelita?» «Nunca sabrás lo que le pasó a la abuela». «Eso, eso es lo que tú crees», dijo alguien detrás de él. Caperucita Roja y el lobo voltearon a ver. Ahí estaba la abuelita, parada junto a la puerta con un leñador grande y fuerte. «Un viejo leñador no puede atrapar a un astuto lobo como yo». El lobo saltó por la ventana de la recámara, pero no llegó muy lejos. Caperucita Roja rápidamente atrapó la cola del lobo, mientras que la abuelita alcanzó su gorra de dormir y se la puso al lobo en los ojos. El leñador levantó al lobo y se lo llevó al río. Caperucita Roja y su abuelita lo siguieron de cerca para ver lo que iba a suceder. Cuando el leñador finalmente llegó al río, puso al lobo sobre un tronco grande y lo arrojó al agua. El lobo flotó triste por el río. «No parece tan grande en medio de ese ancho río», dijo la abuelita. «No parece tan malo estando tan lejos de nosotros», dijo Caperucita Roja. «Y no parece que vaya a regresar tan pronto», dijo el leñador. Con el lobo lejos, todos regresaron a la casa de la abuelita y disfrutaron de la comida de la cesta. Mientras bebían un poco de té, la abuelita le sonrió a Caperucita Roja. «Eres muy valiente. Me siento feliz de ser tu abuelita». Desde ese día, Caperucita Roja nunca tuvo que volver a preocuparse por el lobo cuando atravesaba el bosque rumbo a la casa de la abuelita. Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.
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Los Reyes Magos Los magos se fueron a Jerusalén y fueron felices al ver de nuevo la estrella. Cuando la estrella se posó encima de una casa en Belén, supieron que por fin habían encontrado a su rey. Al ver al niño Jesús, los tres reyes magos se arrodillaron y le dieron los regalos que habían traído. Oro, incienso de un olor muy dulce y mirra. Pero en un sueño, Dios les advirtió que no regresaran a ver al rey Herodes y que no le dijeran dónde estaba el niño, porque él tenía planes de matar a ese niño. Así que volvieron a su casa por otro camino, sin decirle al rey Herodes dónde estaba el niño Jesús. Además, por otro lado, Dios le avisó a José que tenía que huir con María y Jesús a Egipto, donde estarían a salvo del rey Herodes.
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Los pastores. En las montañas, cerca de Belén, unos pastores cuidaban a sus ovejas. De repente brilló una poderosa luz en el cielo. ¡Era un ángel! No tengan miedo. Vengo a traerles buenas noticias. Esta noche ha nacido un bebé en Belén. Es Cristo el Señor. Encontrarán al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Vayan a verlo. Después, muchos ángeles aparecieron en el cielo y cantaban. ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres! ¡Fue algo hermoso! Los pastores corrieron por todo el pueblo en busca del bebé, hasta que encontraron a María y a José con el bebé durmiendo, en un pesebre, envuelto en telas blancas. ¡Era Jesús, el Salvador! Todo se cumplió tal como el ángel les había dicho.
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La pequeña ciudad de Belén. En aquel tiempo, el emperador Augusto dio una orden para que fuera cumplida en todo el imperio romano. Y todos sus habitantes tenían que ser contados. Él quería asegurarse que todo el mundo pagara sus impuestos. Para eso, toda la gente tenía que volver a su ciudad de origen. Como la familia de José era de la ciudad de Belén en Judea, él y María tuvieron que regresar. Y así emprendieron un largo viaje. El bebé de María iba a nacer en cualquier momento. Y ella estaba muy cansada, después de viajar en burro durante muchos días y muchas noches. Por fin, llegaron a la pequeña ciudad de Belén. Pero no había lugar donde quedarse. La noche, María estaba muy angustiada porque su bebé estaba a punto de nacer. José tocó muchas puertas en la ciudad. Por fin, el dueño de una posada sintió lástima y les dijo que podían quedarse en la parte trasera de su casa, en el establo, donde dormían los animales. Allí no había cama, pero al menos había paja y estaba tibia y seca. Esa misma noche, María dio a luz a su hijo. Y lo llamó Jesús como el ángel Gabriel le había indicado.
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El ángel mensajero. En Nazaret, una pequeña ciudad de Galilea, al norte de Israel, vivía María, y José, quien era el carpintero de la ciudad. Un día, cuando María preparaba la comida en su casa, se dio cuenta que alguien la miraba. Soy el ángel Gabriel, la pase a contigo. María miró al ángel muy sorprendida. Dios me envió con un mensaje especial para ti. No te asustes, María. Dios te ama, y te escogió para que seas la madre de Jesús, el Hijo de Dios. Después, José tuvo un sueño, en el que un ángel de Dios le decía... María ha sido elegida para ser la madre del Hijo de Dios, y tú llamarás al niño Jesús. Cuando sea grande, salvará al mundo de sus pecados. Cuando José despertó, ya sabía qué tenía que hacer, y cuidaría del niño, como el ángel le había dicho.